Tema: LA BATALLA DE NORDLINGEN. Por: Fernando Jerez.
Los pasados días 5 y 6 de septiembre se cumplieron 375 años de otra gesta de los españoles tan acostumbrados a derramar sangre y bizarría pese a las pagas atrasadas y la penuria de medios volviendo a pasear el nombre de España por los campos de batalla. Esta vez el marco sería la posteriormente conocida como Guerra de los Treinta Años y el lugar Nordlingen.
Las tensiones político-religiosas que subsistían en el Imperio de la Casa de Austria en Alemania tras la defenestración de Praga en 1618, se habían transformado con el apoyo económico francés y la intervención militar de una nueva potencia como Suecia, en un conflicto europeo.
Gustavo Adolfo, rey de los suecos, había revolucionado el arte de la guerra, con una táctica ofensiva que incluía gran potencia de fuego y movilidad con lo que sus disciplinadas, modernas y bien dirigidas fuerzas que ya gozaban de la hegemonía en el Báltico se estaban convirtiendo en un temible ejército que no encontraba rival. En su campaña aseguró la línea del Oder, controló el Elba tras destrozar a un ejército imperial en Breintenfeld en 1631 para avanzar hacía el sur de Alemania consiguiendo nuevas victorias en Lech y Lützen frente a los ejércitos católicos hasta la ocupación Munich.

La situación era insostenible y la Corte española debió de pensar que era el momento de acabar con la amenaza sueca que había pasado de merodear en el Báltico a asentarse con guarniciones permanentes en el sur de Alemania, amenazando las comunicaciones españolas en Europa.
Será en 1634 cuando el cardenal Infante Fernando de Austria (hermano de Felipe IV) gobernador de Lombardía, conforma un ejército para obligar a los holandeses a firmar la paz penetrando en las Provincias Unidas y además dar apoyo a los imperiales para evitar su inminente desplome.
Así el ejército católico marcha hacia el norte optando por utilizar una ruta más al este del tradicional "camino español", sufriendo grandes penalidades hasta llegar a la ciudad protestante de Nordlingen. El ejército no puede avanzar al encuentro del enemigo que se encontraba al norte dejando una población enemiga a sus espaldas, por lo que el 5 de septiembre se lanza un ataque frontal contra la ciudad que es interrumpido al aparecer por sorpresa el formidable ejército combinado protestante al mando de los mariscales Horn, Weimar y Thurn. El desánimo cunde entre las mugrientas tropas católicas poco equipadas ante las invictas tropas suecas que aún habiendo perdido a su carismático monarca pocos años antes estaban dirigidos por grandes jefes militares siendo los dueños de los campos de batalla en Alemania.
Los protestantes atacan aquella misma noche aprovechando la sorpresa causada intentan carros y cañones con el mayor sigilo para arrasar el campamento enemigo con la artillería, pero fracasan al atascarse por la oscuridad y el barro de la noche. Por la mañana reinician el ataque desbordando parcialmente las líneas católicas pero buscan un objetivo primordial: la toma de la colina Albuch mediante una rápida carga de caballería combinada con la acción de los mosqueteros y desde allí barrer con artillería las tropas católicas.
La posición es de difícil mantenimiento pero contra todo pronóstico los tercios españoles de Idiáquez y Torralto apostados en la colina con algunas piezas de artillería aunque muy baqueteados, rechazan sin ceder un paso ataque tras ataque hasta catorce. La última carga será lanzada por las tropas suecas de más calidad que las alemanas, combinando la caballería con una gran potencia de fuego. Entonces los españoles muy castigados optan por una estrategia improvisada e inaudita de lanzarse cuerpo a tierra en el momento que escuchen las detonaciones suecas para levantarse inmediatamente y realizar fuego a bocajarro contra los asaltantes. La descarga cerrada española frena el ataque en seco, sembrando las dudas entre los combatientes. Ante esta indecisión, los españoles que habían mantenido una actitud defensiva no pueden contenerse y deciden romper la formación y contraatacar, con el riesgo de ser envueltos por la caballería protestante al grito de "Santiago y cierra España", pero los suecos también han perdido la formación y el desastre protestante ya es total, ante el miedo de que los católicos logren romper el centro de Thurn y viendo como la caballería amenaza con envolverlos, el mariscar Horn decide retirarse. En ese momento el Cardenal Infante pide un último esfuerzo a los suyos persiguiendo a los nórdicos. Las tropas protestantes son literalmente arrasadas capturando a 6.000 hombres, 14 coroneles y el propio mariscal Horn. 7.000 más han caído en batalla y los vencedores toman toda la artillería, suministros y 80 banderas a cambio de 1500 muertos y una cifra similar de heridos en el bando católico. El mito de la invencibilidad sueca es roto para siempre, su poder desaparecerá y las guarniciones serán abandonadas replegándose hasta Pomerania.
Cuando la guerra parecía por fin ganada por los imperiales y la situación en Holanda estaba estancada pensándose en la negociaciones, aparecería Francia para apoyar a los protestantes militarmente lo que a la postre junto a los problemas internos de una esquilmada España por las continuas luchas sería capital para el curso final de la Guerra de los Treinta Años.
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